Llamaron a la puerta, se abrió, apareció la cabeza
de Rubén tímidamente.
-Hola, pasa- dijo indicándole que
entrase- ya le he comentado que te quedas a dormir- me dijo a mi mirándome con
sonrisa cómplice.
-Ah ¿si? No sabía yo eso.
- Si anda, no seas tonta-dijo Rubén
sentándose a mi lado.
Siempre se sentaba a mi lado. No voy a
negar que me halagara la atención que me mostraba, pero no quería entender que
no iba más allá de eso. Además ese día no estaba de humor.
Me reincorporé un tanto incómoda de su
presencia tan cerca. Nunca he sido una persona reacia al contacto físico, más
bien al contrario, me gustaba tocar a la gente con la que hablaba, era una
muestra de cercanía, pero ese día estaba algo molesta por la invasión tan
repentina de mi espacio.
Rubén y yo nos conocíamos desde hacía un
tiempo, unos tres meses o así. Ella nos había presentado un día de fiesta
estando ambos bastante alterados. Desde el primer momento nos habíamos llevado
bien, y se notaba que entre nosotros había una atracción rara. Por eso más de
un día tonto habíamos hecho más de una tontería. Pero como ya he dicho, para mi
no iba más allá de eso.
-¿Quieres tomar algo? Tenemos cali-dijo
Rubén siempre sonriéndome
-Ya sabes que no me gusta el vino. ¿No
tenéis una cerveza?- contesté animándome un poco.
-No, pero si quieres bajo en un segundo
al chino.
-No, da igual-dije yo- tampoco quiero
estar mucho tiempo.
-Si anda, baja Rubén, así tenemos excusa
para que se quede con nosotros-dijo ella mientras le daba unas caladas al
canuto que tenía en la mano.
Rubén se levantó, salió del cuarto no
sin antes volverse y dedicarme una sonrisa. Un sonrisa preciosa, especial para
mi, pero que no me transmitía nada. Le respondí con otra sonrisa, completamente
vacía de sentimiento, pero que debió bastarle, porque se dió la vuelta y salió
de la casa.
La casa estaba en medio del barrio de
Malasaña, en una de esas calles que se llaman pez, flor o ñoñerías del estilo.
Era un edificio muy viejo, de estos que terminan reformando entero, con techos
altos y puertas grandes. En un barrio algo festivo y con mucho ambiente
juvenil. Un lugar perfecto dónde tener una casa compartida con amigos, dónde
acabábamos o empezábamos todos cada noche.
Las calles que rodeaban la casa eran
como casi todas las del centro de Madrid. Llenas de tiendas de “todo a cien”,
de chinos, lugares dónde podías comprar a todas horas kebabs o pizza y gente,
siempre gente paseando por ellas.
Yo vivía en un barrio bastante distinto,
un barrio burgués, por definirlo de alguna manera. Un barrio en el que sólo
había viejos o padres con hijos recién emancipados y los domingos nietos, niños
pequeños que no paraban de correr por todos lados a la vez que chillaban y
ensuciaban. Niños que tiene esa gran capacidad de hacer tres o más cosa a la
vez, capacidad que perderán a medida que vayan creciendo.
Pero me gustaba mi barrio, había vivido
toda mi vida consciente ahí y me encantaba. Sabías que el único peligro era el
vecino de 70 años del octavo, que estaba un poco loco, y si le pillabas en un
mal día podías ser atacado por una cacerola.
Al irse Rubén nos habíamos quedado otra
vez solas. No solía gustarme quedarme a solas con la gente, me molestaban los
silencios incómodos. Esos silencios que la gente se empeña en romper para
llenarlos con frases banales. Como cuando subes en el ascensor, la gente tiene
pánico a estar en silencio el tiempo que tarda en llegar a su casa e insiste en
iniciar conversaciones estúpidas sobre el tiempo o lo bien y rápido que has
crecido. Por eso, entre otras cosas, no cogía nunca el ascensor.
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