sábado, 2 de junio de 2012

(me) quieres? cap.2


Llamaron a la puerta, se abrió, apareció la cabeza de Rubén tímidamente.


-Hola, pasa- dijo indicándole que entrase- ya le he comentado que te quedas a dormir- me dijo a mi mirándome con sonrisa cómplice.


-Ah ¿si? No sabía yo eso.


- Si anda, no seas tonta-dijo Rubén sentándose a mi lado.


Siempre se sentaba a mi lado. No voy a negar que me halagara la atención que me mostraba, pero no quería entender que no iba más allá de eso. Además ese día no estaba de humor.


Me reincorporé un tanto incómoda de su presencia tan cerca. Nunca he sido una persona reacia al contacto físico, más bien al contrario, me gustaba tocar a la gente con la que hablaba, era una muestra de cercanía, pero ese día estaba algo molesta por la invasión tan repentina de mi espacio.


Rubén y yo nos conocíamos desde hacía un tiempo, unos tres meses o así. Ella nos había presentado un día de fiesta estando ambos bastante alterados. Desde el primer momento nos habíamos llevado bien, y se notaba que entre nosotros había una atracción rara. Por eso más de un día tonto habíamos hecho más de una tontería. Pero como ya he dicho, para mi no iba más allá de eso.


-¿Quieres tomar algo? Tenemos cali-dijo Rubén siempre sonriéndome


-Ya sabes que no me gusta el vino. ¿No tenéis una cerveza?- contesté animándome un poco.


-No, pero si quieres bajo en un segundo al chino.


-No, da igual-dije yo- tampoco quiero estar mucho tiempo.


-Si anda, baja Rubén, así tenemos excusa para que se quede con nosotros-dijo ella mientras le daba unas caladas al canuto que tenía en la mano.


Rubén se levantó, salió del cuarto no sin antes volverse y dedicarme una sonrisa. Un sonrisa preciosa, especial para mi, pero que no me transmitía nada. Le respondí con otra sonrisa, completamente vacía de sentimiento, pero que debió bastarle, porque se dió la vuelta y salió de la casa.


La casa estaba en medio del barrio de Malasaña, en una de esas calles que se llaman pez, flor o ñoñerías del estilo. Era un edificio muy viejo, de estos que terminan reformando entero, con techos altos y puertas grandes. En un barrio algo festivo y con mucho ambiente juvenil. Un lugar perfecto dónde tener una casa compartida con amigos, dónde acabábamos o empezábamos todos cada noche.


Las calles que rodeaban la casa eran como casi todas las del centro de Madrid. Llenas de tiendas de “todo a cien”, de chinos, lugares dónde podías comprar a todas horas kebabs o pizza y gente, siempre gente paseando por ellas.


Yo vivía en un barrio bastante distinto, un barrio burgués, por definirlo de alguna manera. Un barrio en el que sólo había viejos o padres con hijos recién emancipados y los domingos nietos, niños pequeños que no paraban de correr por todos lados a la vez que chillaban y ensuciaban. Niños que tiene esa gran capacidad de hacer tres o más cosa a la vez, capacidad que perderán a medida que vayan creciendo.


Pero me gustaba mi barrio, había vivido toda mi vida consciente ahí y me encantaba. Sabías que el único peligro era el vecino de 70 años del octavo, que estaba un poco loco, y si le pillabas en un mal día podías ser atacado por una cacerola.


Al irse Rubén nos habíamos quedado otra vez solas. No solía gustarme quedarme a solas con la gente, me molestaban los silencios incómodos. Esos silencios que la gente se empeña en romper para llenarlos con frases banales. Como cuando subes en el ascensor, la gente tiene pánico a estar en silencio el tiempo que tarda en llegar a su casa e insiste en iniciar conversaciones estúpidas sobre el tiempo o lo bien y rápido que has crecido. Por eso, entre otras cosas, no cogía nunca el ascensor.

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