Caminaba a mi lado de la mano, de esa forma peculiar que
tiene ella de apretarla, sin importarle mi dedo chungo o que se nos congelen
las manos en este invierno que está a punto de empezar. Caminaba a mi lado de
la mano, cogiéndome muy fuerte, como queriendo que no escapase nunca, como
queriéndome decir con ese gesto, lo que no me dice en palabras.
Y nos perdíamos por uno de esos barrios del centro de
Madrid. Ella se dejaba guiar por mí y yo a veces me paraba para que ella tomase
la iniciativa y ver como intentaba disimular lo desubicada que estaba. Entonces
yo le preguntaba “¿a dónde estás yendo?” y ella con esa sonrisa en la boca, que
nunca se le iba, me contestaba “pues no sé, la verdad es que estoy perdida”. Y
entonces todo se volvía más perfecto aún, porque sólo la idea de perderme con
ella en cualquier lugar del mundo, ya me hacía infinitamente feliz.
Y terminamos en un bar. Dónde intentaba emborracharme a base
de cerveza, bebida que siempre he odiado hasta que descubrí a que sabían sus
besos. Mientras yo arrancaba las etiquetas de los botellines nerviosa, ella me
metía mano por debajo de la mesa y yo no podía pararla, tampoco quería. Y
terminó dándonos igual dónde estábamos ni con quién, hasta que ella, algo
celosa, recalcó que el camarero que “antes había estado ligando conmigo” nos
estaba mirando con cara de estar viendo el mejor espectáculo de su vida.
Me gusta cuando se pone celosa. Cuando sonríe mientras en su
cabeza está pensando si todo lo que le estoy diciendo es verdad o es otra de
mis tonterías para picarla. Cuando me dice uno de sus “¡Oye!” seguido de sus
palmadas en el culo o cuando me mira con su cara de hacerse la enfadada. Me
gusta cuando se pone celosa, como si no fuese lo mejor que me ha pasado, como
si hubiese una sola persona que pudiese hacerle sombra, como si alguien
estuviese a su altura.
Y después del espectáculo nos fuimos del bar. A un sitio dónde pudiésemos estar solas y
tranquilas. Terminamos en su coche, que desde hacía tiempo se había convertido
en el mejor de los refugios. Quién iba a decirme a mí que un coche iba a ser el
mejor de los cines, la mejor de las camas y el lugar en el que más cómoda me
sentía.
Abrazadas desnudas bajo una manta cutre, que seguramente era
la que le daba a su perro cuando se iban de viaje, nos besamos durante horas.
Yo perdí la noción del tiempo. Entonces me separé de sus labios y mirándola
nerviosa le dije: “te quiero”. Inmediatamente después sentí como mi corazón se
aceleraba por lo que acababa de salir de mi boca, creo que ella sintió lo mismo
pues me agarro fuerte apretándome contra ella y me susurro que ella también me
quería. Me separé y le miré a la cara, para poder ver esa sonrisa tonta que se
le había puesto después de escucharme por primera vez esas palabras.
Pobre ilusa, no sabía que llevaba meses gritándoselo en
silencio.