El tiempo fluye por una línea que se desvanece detrás de
quien ha dejado de ser amado por los hombres, o por los dioses, o por la vida.
La literatura lo ha expresado tantas veces como ha relatado la expulsión del
paraíso en el Genesis. " Des queremos el engaño y queremos dar la vuelta
no hay lugar" decía Manrique.
En el dolor que ha ocasionado el abandono del amado el
tiempo es el único coherente. Siempre avanza, por más que el dolor da a veces
la sensación de que se ha detenido, con todo su peso sobre las zonas sensibles
del abandonado.
No hay retorno, "ya he dicho que tras el dolo siempre
hay dolor" (Oscar Wilde)
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