Lo dejé con la persona que daba sentido a mis mañanas, porque despertarme y ver que me había escrito antes de irse a dormir era lo mejor del día y me hacía feliz ¿sabes? Y lo dejé por que ya no la conocía, por que no sé si era la distancia o que otro factor que la habían convertido en otra persona y lo dejé por que ya solo recibía palabras de desprecio de su boca, y eso dolía joder. Dolía más que cualquier dolor físico que he sentido.
Y no voy a mentirte, a ti no, lo dejé porque creí que había conocido a otra persona de la que enamorarme. Por que ya sabes lo que me gusta a mi enamorarme. Pero no hace falta que te diga a ti, querida, que no funcionó. Que dónde las dan las toman, pero ahí no había nada que dar, ni que recibir. Y me engañó, juro que consiguió hacerlo. Hizo que sintiese esa sensación, ya sabes, cómo si fuese especial, al menos me consuela saber que es una experta en hacerlo. Y me costó captarlo, para que vamos a engañarnos, ambas sabemos que yo de inteligencia emocional ando escasa.
Entonces apareció ella, "entretenimiento" hacía llamarse. Cómo si yo le dedicase mis palabras a cualquiera, que desagradecida. Apareció de la manera más inesperada del mundo y en el momento más inoporturno. Seguro que no hace falta que te recuerde como la conocí. Era algo grosera, descuidada, más tímida que yo, se que parece imposible, pero creeme, lo era, y muy borde cuándo quería. Creo que por todo esto me encantó.
Te prometo que fui poco a poco y lo intenté. Pero, cómo no, terminé huyendo. Sí, lo sé, una gilipollez, pero lo hice. Poco a poco. Joder, la necesitaba en mi vida. Pero llego un momento en que la huida no parecía tener retorno, por mí y por ella. Y la alejé, sí, también lo sé, fue todo culpa mía, que quieres, soy una cobarde.
Y se ha ido, dejando, como muchos lo llamarían, un "gran vacío". Y se que tu respuesta va ha ser "como todas", pero creeme, hacía tiempo que nadie me conocía así, que no dejaba conocerme así. Me daba mucho miedo lo vulnerable que me sentía con ella.
Sí, yo también lo pienso, parece que sólo busco excusas para justificar la gilipollez que he hecho. ¿Que qué pasa ahora? Nada, supongo. Soñar en repetir este año una y otra vez, por que como tú bien me dijiste "la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados"
jueves, 26 de junio de 2014
viernes, 13 de junio de 2014
el sol sale para todos
Juan Felipe
tiene 20 años, complexión débil, cosa que no le ha preocupado nunca, ya que él
solo piensa en cultivar la mente. La situación del país desde hace unos meses
no es la mejor del mundo y en su casa le han dicho siempre que si estudia una
buena carrera las tonterías de la política no podrán afectarle.
Vive en
Zaragoza, desde hace poco más de un año, se mudó ahí cuándo empezó a estudiar
Derecho en la universidad. Su familia, a la cuál puede considerársele de la
media burguesía vive en Pamplona, una ciudad que ha apoyado el golpe de estado,
del año 36, desde el principio.
Ni a él ni
a su familia les ha importado nunca la política, su padre se ha dedicado
siempre a apoyar a aquellos que podrían darle mayor beneficio y por eso ahora
está en la posición en la que está. Solo el hermano de Juan Felipe, Jesús Ángel
es el unico enterado de todo lo que ocurre. Su padre se ha llegado a referir a
él varias veces como la oveja negra de la familia. Hace ya 6 meses que se fue a
Madrid a unirse a los republicanos, para como él dice “luchar en el verdadero
bando”. Sólo tiene 17 años pero es todo lo contrario a Juan Felipe, alto,
fuerte y con una gran sensibilidad social.
Juan Felipe
ha cambiado mucho desde que se fue de casa. Sus nuevas amistades, que ha
conocido en Zaragoza le han hecho darse cuenta de lo grande que es el mundo. Le
han hablado de política, mujeres, de Francia, juergas y juego. Ha hecho varias
amistades, pero nunca se despega de su mejor amigo José Luis. Como este año
todas las cosas han cambiado las clases han terminado mucho antes de lo
previsto, el curso ha durado apenas 6 meses. En lo único que piensan Juan
Felipe y José Luis es en que tendrán un verano más largo. Tienen muchos plantes
para estas vacaciones que están a punto de empezar. Lo más seguro es que pasen
los primeros días de estas en la villa de la familia de Felipe, que tiene en
las afueras de Durango.
Al final se
ha unido a su viaje Carlos, un amigo que conocieron hace ya unos meses, un
chico más preocupado en conseguir el mayor número de citas con chicas que de
cualquier otra cosa. Los chicos han cambiado sus planes y piensan pasar primero
unos días por Bilbao y luego ya subir a Francia, dónde les han dicho que la
fiesta está asegurada.
Al pasar el
límite de Aragón a Navarra les para la Guardia Civil, algo rutinario en esas
fechas. Tienen que hacerles un control sobre lo que llevan encima y mirar sus
documentos de identidad. Esto no les sorprende, cada vez esta más complicado
viajar por dentro de España en las carreteras generales. Ellos bromean con la
guardia civil que igual sería más fácil tirarse al monte con las cosas cargando
que viajar en coche. Antes de terminar el control la benemérita les advierte
que la situación está un poco tensa, que tienen que tener cuidado. Han llegado
noticias de que los republicanos están intentando pasar el Ebro. Ellos le
responden que no se preocupen, que en Navarra no entra nadie y muy pronto
piensan ir a Biarritz y que si algo pasa, para cuando vuelvan todo estará
solucionado.
Poco tiempo
después del control se encuentran a un chico en medio de la carretera haciendo
señas para que algún coche pare. Ni Juan Felipe ni José Luis están muy por la
labor de recogerle, pero Carlos, que siempre ha sido el más animado y valiente
de los tres les insiste para subirlo al coche. Se llama Jaime, se dirigía a
Donostia desde Zaragoza pero el autobús en el que viajaba fue parado por un
grupo de gente del pueblo armada, que no se fiaba. Les ofrecieron dar la vuelta
o seguir andando hacia su destino, todos los demás dieron la vuelta.
Llegan a
Dima, cerca de Durango, al atardecer. Están todos muy cansados aunque han ido
turnándose para conducir. Así pueden aprovechar y llamar a Pamplona para hablar
con la madre de Felipe y que les diga como está la situación, hace dos días le
dijo a este que seguro que en 24 horas, Mola entraba en Bilbao. Harán noche ahí
y saldrán mañana temprano. No quieren tardar mucho mas en llegar a su destino.
Jesús Ángel les alarma de que no les queda mucha gasolina y en la gasolinera de Dima dicen que la que
hay es para las tropas, que no les dejan venderla. No saben qué hacer.
Jaime
ofrece una alternativa para conseguir gasolina. Acercarse a uno de los pueblos próximos,
ha oído que allí hay un gran mercado negro de gasolina, dónde es mucho mas
cara, pero al menos la venden. A ellos
el dinero no les importa. Es Carlos, como siempre, quien da el primer paso
diciendo que mejor eso, que no encontrar nada. Deciden ir andando, todavía hay
mucha luz y si van con el coche se arriesgan a gastar lo poco que les queda.
Antes de marcharse lo dejan entre unos árboles escondido, no vaya a ser que ,con
cualquier excusa, se lo requisen.
Van por la
carretera, siguiendo unas pocas luces de alguna casa del pueblo que se
vislumbran a lo lejos. Al llegar a pocos
metros del pueblo las luces se apagan, no ven nada, ya no saben dónde están. Ya
ha oscurecido y lo único que se oye son los ladridos de algún perro. Se quedan
paralizados, no saben si seguir o retroceder hacia el coche.
Empiezan a
sentir un terrible miedo. No saben bien hacia dónde se están dirigiendo, ni
saben que les espera. Les parece muy sospechosos el apagón y el silencio
repentino del pueblo. Empiezan a oír algo moviéndose en la maleza. Se agarran
fuerte. No saben si salir corriendo o permanecer muy quietos.
Al grito de
“alto por la República” los amigos se separan. Carlos sale corriendo
rápidamente en el sentido contrario al que se ha oído la voz, Felipe y José
Luis se quedan muy quietos y Jaime levanta el puño en la oscuridad a la vez que
gritaba “viva la República”.
A los pocos
minutos ya están rodeados por un grupo de aldeanos armados. No se ven sus caras
muy bien pero por la complexión de las sombras que se vislumbran hay desde
jóvenes de apenas 16 años hasta ancianos.
Les preguntan,
mientras sienten a parte de su propio miedo, el miedo que tiene el grupo, que
quienes son y a dónde se dirigen. Solo habla Jaime, que intentado congeniar con
los aldeanos se inventa que son tres hermanos que quieren llegar a Bilbao para
ver a su madre, que está gravemente enferma. Ellos desconfían y les dirigieren con
empujones hacia el pueblo.
Al llegar al
pórtico de la iglesia el que parece el
líder del grupo les dice que tienen que decidir que van hacer con ellos, que no
quieren espías fascistas en el pueblo. Mientras lo debaten en la iglesia, les
dejan en medio de la plaza custodiados por un joven de unos 18 años armado con
una escopeta. En un silencio cómplice se miran los tres jóvenes y aprovechando
que el que les vigila está algo despistado, pendiente de la conversación que
sus vecinos mantienen dentro de la iglesia, se deslizan poco a poco fuera del
atrio. En cuanto dan la vuelta a la iglesia comienzan a correr sin volver la
vista atrás.
Mientras
corren oyen un “alto o disparo” al que hacen caso omiso. Segundos después
empiezan a oír disparos. Pero ya están demasiado lejos. Llevan ya un rato
corriendo, se han perdido en medio del campo y se acaban de dar cuenta de que
ya no son tres, que les sigue a lo lejos otra figura. Hasta que no se acerca lo
suficiente no se dan cuenta de que es Carlos, que escondido entre unos arbustos
les ha empezado a seguir después de su huida. Están los cuatro muy asustados.
Han perdido
la conciencia de la hora y del lugar en el que se encuentran. Después de estar
lo que les parece una eternidad caminando Jaime propone que el mejor lugar para
dormir resguardado, es una cueva, que allí en Dima, recuerda que hay muchas. A
todos les parece una idea aceptable, así que a la luz de la luna empiezan a buscar un agujero entre las rocas.
Encuentran la entrada de una de ellas y
para no perderse dentro deciden quedarse en la entrada y refugiarse con
la hojarasca que allí se ha acumulado.
Cuando
Carlos se dispone a juntar unas cuantas hojas para taparse con ellas y no pasar
frío descubre un bulto caliente. No distingue bien si se trata de una persona o
un animal. En principio piensa que es una oveja, así que vuelve a tocarlo y ve
que no tiene lana. Susurrando alarma a sus amigos de que no están solos en la
cueva. Todos se lanzan encima del cuerpo inmóvil y ven que cerca de él empiezan
a moverse otras hojas. Después del susto y unos cuantos forcejeos todo se
aclara. Son otros tres jóvenes, dos hermanos y un vecino, Pedro, Ignacio y Francisco,
están también escondidos pero no saben muy bien de quién, ya que no saben en
que territorio están. Aunque ellos si dicen que han visto pasar camiones con
tropas durante el día y han escuchado bombardeos. Han escapado del pueblo para
evitar que les reclutasen para el ejército nacional. Salieron de su casa hace
ya casi una semana y no les quedan víveres. Ellos les informan que cerca de
allí está el monasterio de Berriz, un convento de clausura, que tiene molinos,
ganado y que con suerte las monjas les podrán acoger y que seguro que desde allí
podrán contactar con sus familias.
Ya son
siete, demasiados. Deciden salir antes del amanecer para no ser vistos
aprovechando que la noche por allí cerca ha sido relativamente tranquila.
Cuándo
llegan, acaba de salir el sol, lo primero que ven es la iglesia, un edificio
imponente del monasterio, y por detrás la lavandería, dónde hay tres monjas
colgando hábitos recién lavados. Se miran y parece que todos piensan lo mismo:
la mejor forma de pasar desapercibidos es vestirse de monja. Para eso se lanzan
a inmovilizar a les tres religiosas que están realizando sus tareas, intentado
derribarlas rápidamente, no vaya a ser que griten y monten un escándalo.
Salen todos
en tromba, se lanzan contra ellas y cuándo ya las monjas están en el suelo se
dan cuenta de que son tres mozos que les indican que guarden silencio,
llevándose el dedo a los labios. Extrañados les preguntan que qué está pasando
ahí. Estos les explican que al huir de la guerra se encontraron con el
monasterio, las monjas, como no sabían que hacer, les dijeron que la única
forma que tenían de ayudarles era que ingresasen en el convento, para ello
debían hacerse pasar por hermanas. El problema está en que todas las mañanas
temprano, suele pasar el comandante de los nacionales con una patrulla que le
protege, para oír misa. Ellos llevan allí quince días, y todavía nadie se ha
percatado de su presencia, ya que cuando llegan se quedan en la parte del coro
y hacen que leen el misal tapándose la cara.
Aunque
todos están un poco desconfiados el miedo puede más que el ridículo. Se visten
rápidamente y se limpian los zapatos para quitarse el barro y se remangan los
pantalones para evitar que se vean por debajo del hábito. En fila y con gesto
de oración se dirigen hacia el coro, dónde ya están las monjas rezando
maitines. La madre superiora al verles entrar, mira desconcertada como los tres
que había acogido se han transformado en diez, pero asiente con la cabeza y no
dice nada. Fuera, mientras tanto, se empiezan a oír el ruido de los vehículos y
las voces militares, que se acercan. Hasta que se abre la puerta de la iglesia
y entra el comandante, seguido de unos quince soldados con aire muy marcial,
que se sientan en los primeros bancos, justo cuándo empieza la misa.
En ese
momento Francisco, que lleva varios días en la humedad de la cueva empieza a
toser de manera incontenible, con una tos nada femenina. El comandante, se
vuelve y al comprobar que la tos no provienen de ninguno de sus hombres, mira
al coro y eso provoca un revuelo. Ordena a sus hombres que suban rápidamente y
vean que está sucediendo. Cuándo bajan con las diez monjas falsas, ya sin toca,
el comandante, con una sonrisa fría en la boca, les dice a sus hombres que los
lleven a todos a los coches.
lunes, 9 de junio de 2014
m
- ¿ Por qué siempre haces lo mismo?
· ¿El que?
- Huir, sin decir nada...
· Y tú, ¿ por qué me sigues si ves que estoy huyendo?
· ¿El que?
- Huir, sin decir nada...
· Y tú, ¿ por qué me sigues si ves que estoy huyendo?
domingo, 8 de junio de 2014
(me) quieres? cap. 5
Después de mojarme la nuca y auto engañarme de que todo así
se había solucionadao, volví a la habitación.
Tenía la sensación de que había pasado horas en el baño “relajándome”,
pero al entrar todo seguía exactamente igual. La gente acalorada por el excesivo
calor que habíamos acumulado en su pequeña habitación, y por lo que ahí se
respiraba, reían alegres y de forma natural.
Me volvía asentar en
mi sitio. Miré hacia dónde estaban ella y Julia, esta última ya había empezado
su táctica de acercamiento: tenía puesta la pierna encima de ella y se apoyaba
en una mano que estaba muy cerca de la suya, la cuál acariciaba de vez en
cuando.
Sonreí. No se muy bien si por la añoranza que me producían
esos actos o por la gracia que me hacía que todas las mujeres, casi sin
excepción , terminasen comportándose así con ella.
-Me encanta tu sonrisa- me dijo Rubén, haciendo que saliese
repentinamente de mi pompa.
-Gracias…- dije sonriendo aún más.
-Es verdad, es que es de las más bonitas que he visto…- dijo
mirándome a los ojos.
- Nadie me había dicho nada nunca sobre mi sonrisa. Pero
para, que voy a terminar sonrojándome- dije mientras bajaba la mirada
-Es que la gente no se fija en las cosas bonitas- dijo
mientras se acercaba y me daba un beso.
Se que no estaba bien lo que estaba haciendo, ya no sólo por
él, si no por mi salud mental, pero no podía evitarlo. Seguí besándole. La
verdad es que Rubén besaba muy bien, siempre lo había hecho. Su forma de
tocarme la cintura mientras lo hacía me ponía los pelos de punta.
¡Bien!- se le oyó gritar de repente.
Nos separamos sonrojados y nos quedamos mirándola.
¡Oh! Que bonito es el amor…- dijo mientras dibujaba un
corazón en el aire con las manos.
Le lancé una mirada de odio. ¿Cuántas llevaba ya? Que captó
enseguida, a la que reaccionó riéndose aún más.
Rubén me dio un beso en la mejilla y se levantó al baño.
Volví a encender el móvil, nunca conseguía despegarme de él
más de una hora seguida, sí, tenía un problema.
Me llegó un mensaje de un número desconocido “Te echo de
menos, se que ha pasado mucho tiempo xo no puedo evitarlo… Siento rayarte”
No tardé demasiado en darme cuenta de quién me había enviado
esto, Lucía. No podía creérmelo, es lo último que quería ahora y lo ultimísimo
que me esperaba.
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