lunes, 2 de enero de 2012

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Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto refumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca a la luz del sol. La noche es mágica, me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento, rompe mis esquemas. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar, me recuerda que mortal. Me recuerda que soy normal. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

-Es cierto, tienes razón. No sé lo que quiero. Me engaño a mi mismo. Quiero todo y nada, lo justo. Me siento fuerte y siento miedo. Me da miedo sufrir. No quiero reír porque puedo llorar, no quiero vivir porque puedo morir...
-Lo que te pasa,- me dijo María, tan tranquila, tan severa- es que quieres tocar el cielo con la punta de los dedos sin que el sol te queme las alas. Pero eso es cosa de ángeles, no de vagabundos.







Imagen: Bansky
Texto: Daniel Valdés Bailame el agua

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