Caminaba a mi lado, pero no íbamos de la mano. Caminaba a mi
lado, pegada a mi pero ya no quería tocarme. “Esto no va a terminar bien”, me
repetía a mi misma. Reducí la velocidad de mi paso para alargar eternamente ese
trayecto, como si así pudiese atrasar la conversación que inevitablemente íbamos
a tener.
Llegamos al bar que tantas veces nos había visto ya llorar,
reír a carcajadas o meternos mano por debajo de la mesa. Nos sentamos en una
mesa alejada de la puerta y de la gente, como si quisiésemos más privacidad que
de costumbre.
Se sentó en frente de mi, en vez de a mi lado como solía
hacerlo. Nuestra conversación empezó de una manera muy banal, hablábamos del
tiempo, de las clases de guitarra y de aquel verano en la playa que ya perecía
olvidarse. Hablábamos de todo y de nada. Ella no estaba atenta a la
conversación y yo no podía pensar en otra cosa que no fuera que me dijese lo
que llevaba horas pensando.
“No quiero estar contigo” terminó soltándome en medio de mi
descripción de la comida que me había hecho esa mañana. “He estado pensándolo y
no puedo, bueno, no puedo y no quiero”. Se me llenaron los ojos de lágrimas
pero dejé que continuara. “De verdad, que te quiero mucho, pero así no puedo”.
El tiempo se paró por un momento. Ya no sabía si estaba en medio de un bar, de
una pesadilla o que estaba pasando.
“No puedes dejarme, por favor” fue lo único que pude
articular entre sollozos. Intenté agarrarle la mano, pero una mesa nos separaba
y no llegaba a ella. Creo que ella también lloró, yo ya no veía entre tantas
lágrimas y mocos. “Voy a irme ¿vale?” me dijo mientras se levantaba y cogía su
abrigo. Le supliqué que se quedase, en el bar y en mi vida. Pero no quiso
hacerlo. Recogió todas sus cosas y se marchó no sin antes prometerme que
volveríamos a vernos.
Me quedé sola llorando. Sabiendo que la mesa de al lado
comentaba mi situación y mi aspecto. Me quedé allí un rato, mirando a la nada y
al móvil, como esperando un mensaje de arrepentimiento, como si ella fuese a
volver a aparecer por la puerta. Pero eso nunca llegó.
Fue ese día justo en el que te conocí. En el que rota por
dentro tuve la fuerza de conocer a alguien nuevo. Alguien que llegaría para
salvarme y levantarme. Encantada de conocerte Aiala.