miércoles, 27 de enero de 2016

Miércoles

Dejaste de ser la mayor de mis musas.
Con lo que me gustaba dedicarte mis canciones sin melodía.

Aunque prometí no hacerlo,
dejaste de tener tu nombre particular
para tener el genérico común múltiple

Tú,
tú que lo fuiste todo,
tú, que ahora no puedo decir que no seas nada

Compartimos lágrimas a destiempo
ahogadas en distintas almohadas 
que solo nos reclamaban vernos.

Compartimos lágrimas, desvelos y ausencias
En un mundo que se esforzaba por juntarnos,
mientras nosotras nos dábamos la espalda

lunes, 25 de enero de 2016

Febrero prematuro

Ideas que se amontonan queriendo salir.
Tiempo que no aparece por más que lo busque.
Ganas que se esconden bajo la cama.
Una vida en pareja pero sin ti.

Sonrisas que tapan una realidad amarga.
Camas deshechas que apestan a orgasmo.
Duchas que se llevan lágrimas cobardes.
La noche sin ti cada vez es más larga.

Abrazos que curan cicatrices profundas.
Viajes en metro que no tienen fin.
Esquinas oscuras que esconden secretos.
Calles vacías volviendo a las mil.

Textos sin dueño que se escriben solos.
Llamadas perdidas que nadie contesta.
Besos furtivos que ensucian tus labios.
Siento haber sido tan solo una carga.

Caricias que tienen poder curativo.
Palabras que se ahogan en la garganta.
Borracheras infinitas que llevan tu nombre.
Hace ya días que solo malvivo.

Pesadillas que protagonizas todas las noches.
Resacas que reclaman tu presencia inmediata.
Frases que se clavan como puñales.
Echo de menos hasta los reproches

Miradas desesperadas que no encuentran tus ojos.
Olores traicioneros que van en oleadas.
Corazón que se encoge cada vez que te nombro.




Ojalá estuvieras aquí.

lunes, 4 de enero de 2016

Nunca me gustaron los pareados

Tengo ganas de pasarme la tarde entera follando contigo
y a la mierda los demás.
De leernos los cuerpos en braile 
y que se mueran de envidia los vecinos al oírnos estallar
de placer y felicidad.
De comerte a besos de arriba a abajo
que es como más guapa estás.
Tumbarnos abrazadas
e intentar cambiar el mundo desde la cama
y no dejarte escapar.








A fin de cuentas lo único que existe para mí
son los 110cm que mide tu cama

martes, 15 de diciembre de 2015

Malasaña

Caminaba a mi lado de la mano, de esa forma peculiar que tiene ella de apretarla, sin importarle mi dedo chungo o que se nos congelen las manos en este invierno que está a punto de empezar. Caminaba a mi lado de la mano, cogiéndome muy fuerte, como queriendo que no escapase nunca, como queriéndome decir con ese gesto, lo que no me dice en palabras.

Y nos perdíamos por uno de esos barrios del centro de Madrid. Ella se dejaba guiar por mí y yo a veces me paraba para que ella tomase la iniciativa y ver como intentaba disimular lo desubicada que estaba. Entonces yo le preguntaba “¿a dónde estás yendo?” y ella con esa sonrisa en la boca, que nunca se le iba, me contestaba “pues no sé, la verdad es que estoy perdida”. Y entonces todo se volvía más perfecto aún, porque sólo la idea de perderme con ella en cualquier lugar del mundo, ya me hacía infinitamente feliz.

Y terminamos en un bar. Dónde intentaba emborracharme a base de cerveza, bebida que siempre he odiado hasta que descubrí a que sabían sus besos. Mientras yo arrancaba las etiquetas de los botellines nerviosa, ella me metía mano por debajo de la mesa y yo no podía pararla, tampoco quería. Y terminó dándonos igual dónde estábamos ni con quién, hasta que ella, algo celosa, recalcó que el camarero que “antes había estado ligando conmigo” nos estaba mirando con cara de estar viendo el mejor espectáculo de su vida.

Me gusta cuando se pone celosa. Cuando sonríe mientras en su cabeza está pensando si todo lo que le estoy diciendo es verdad o es otra de mis tonterías para picarla. Cuando me dice uno de sus “¡Oye!” seguido de sus palmadas en el culo o cuando me mira con su cara de hacerse la enfadada. Me gusta cuando se pone celosa, como si no fuese lo mejor que me ha pasado, como si hubiese una sola persona que pudiese hacerle sombra, como si alguien estuviese a su altura.

Y después del espectáculo nos fuimos del bar.  A un sitio dónde pudiésemos estar solas y tranquilas. Terminamos en su coche, que desde hacía tiempo se había convertido en el mejor de los refugios. Quién iba a decirme a mí que un coche iba a ser el mejor de los cines, la mejor de las camas y el lugar en el que más cómoda me sentía.

Abrazadas desnudas bajo una manta cutre, que seguramente era la que le daba a su perro cuando se iban de viaje, nos besamos durante horas. Yo perdí la noción del tiempo. Entonces me separé de sus labios y mirándola nerviosa le dije: “te quiero”. Inmediatamente después sentí como mi corazón se aceleraba por lo que acababa de salir de mi boca, creo que ella sintió lo mismo pues me agarro fuerte apretándome contra ella y me susurro que ella también me quería. Me separé y le miré a la cara, para poder ver esa sonrisa tonta que se le había puesto después de escucharme por primera vez esas palabras.


Pobre ilusa, no sabía que llevaba meses gritándoselo en silencio.

jueves, 3 de diciembre de 2015

de la O

No había nada más poético
que verte escribir en pentagramas,
tu forma particular de escribir poesía
tu manera de gritarle a la lluvia
que, esta vez, no iba a quitarte la sonrisa

jueves, 15 de octubre de 2015

De lirios y de éxtasis

Llevábamos tiempo sin vernos, y aunque las dos no habíamos perdido el tiempo se notaba en el aire una gran tensión, ya no solo porque la situación no era muy cómoda, sino porque yo, al menos, deseaba desnudarla enseguida.

Haciendo caso omiso a mi instinto básico de reproducción seguí hablando con ella como si nada, interesándome por lo que me estaba diciendo, reprimiéndome las ganas tremendas que tenía de besarla. Seguimos así un buen rato, hasta que yo dejé de escuchar lo que me decía, no tenía sentido alargar algo que las dos deseábamos desde que nos habíamos sentado en el sofá con una cerveza en la mano.

Le cogí la cara y le di un beso, no tenía miedo de que se apartase, cosa que podría haber hecho perfectamente, y ella me lo siguió. Así que empezamos a besarnos, podemos decir, que apasionadamente, siempre nos habíamos entendido bien con respecto a este tema. Y al hacerlo me aparecieron esas mariposillas en el estómago que se me bajaron rápidamente entre las piernas, ella debió notarlo, en la ligera rigidez repentina de mi cuerpo o en cómo había aumentado mi respiración, porque se separó y me sonrió con esa sonrisa que tanto conocía, previa a su mordedura de labio inferior que siempre hacia antes de desnudarme.

Nos conocíamos el guion de memoria. Yo sabía dónde y cómo tenía que tocarla para que se estremeciese entre mis manos y ella… ella era una experta en hacerme gemir. Así que empezamos a desnudarnos rápido y con ganas, repito que hacía tiempo que no nos veíamos. Ella se quitaba los pantalones mientras yo, de una, me quitaba la sudadera la camiseta y el sujetador, parecíamos dos adolescentes.

La tenía, otra vez, desnuda para mí, en mi cama, un lugar del que no podría irse. Y aunque las ganas que tenía y la sangre que había empezado a acumularse en una única parte del cuerpo me decían que lo hiciese ya, rápido y corriendo, empecé a besarla el cuerpo muy lentamente. He de admitir que siempre me gustó jugar con ella, excitarla sin apenas tocarla hasta tal punto que me suplicase que lo hiciese.

Así que fui lentamente recorriendo con besos todo su cuerpo. Sentía como se aceleraba su respiración cada vez que me acercaba a sus pezones, como movía sus caderas para poder acercarse a alguna parte de mi cuerpo, y yo disfrutaba haciéndoselo cada vez más difícil. Entonces cogí el pañuelo que a veces me pongo en la cabeza y le tapé los ojos, ella me susurró un “te odio” mientras mi pierna, que estaba entre las suyas, la notaba cada vez más alterada.

Me gustaba sentirla tan sumisa a mí, tan sometida a lo que yo pudiera hacerle y que eso le encantase. Abría la boca como queriendo darme un beso, dejándome a mí la elección si sería en la boca, en los pezones o en cualquier otra parte de mi cuerpo. Yo iba besándole los muslos, acercándome cada vez más a su sexo, parándome justo en el momento en el que ella levantaba del todo la cadera como queriendo que acercase mi boca. Entonces paraba y después de algún suspiro de desesperación o un “me estas matando”, que me soltaba con cierto rencor, me centraba en otra parte de su cuerpo.

Mi parte favorita eran sus pezones, primero me gustaba tocarlos despacio con los dedos y luego empezaba a jugar con ellos con la puntita de la lengua, muy despacio y suave, mientras se movía. Había veces que las ganas me podían y le mordía un poco, lo justo para que ella sintiese ese placer que tanto le gustaba.

También me encantaba hacer que se moviese por la cama. Tenerla tumbada, ponerla a cuatro patas mientras yo detrás me pegaba mucho a su cuerpo y hacerla sentirme dentro, o ponerla al borde de la cama y yo mientras de rodillas en el suelo saboreando todo lo que había estado provocando.

No sé a cuál de las dos estaba alterando más la situación, pero yo no pude reprimirme las ganas de ponerme sobre su cara y dejar que se recrease con la lengua en mi sexo. Apenas tardé segundos en llegar al orgasmo. Lo mejor de todo es que ella llegó casi a la vez sin yo si quiera tocarla.


La destapé los ojos y nos abrazamos desnudas. Nos dijimos lo mucho que nos habíamos echado de menos entre besos y nos pasamos el resto de la tarde follando.