Cuando la vi aparecer
la desnudé con la mirada al instante.
Me imaginé otra vez su vientre redondito,
el que tantas veces he alabado
y me ha servido de almohada.
Visualicé sus tetas y sus pezones
y mi lengua recorriéndolos.
Me la imaginé en bragas, bailando,
como lo hacía por las mañanas,
cuando se despertaba en mi casa.
Su espalda perfecta
y mis manos acariciándola.
Pensé en sus piernas,
las que ella odia
y yo no puedo sacar de mi cabeza.
Cada una de las cicatrices que no lleva marcada en la piel,
y repetirle, una última vez,
que yo siempre estaré aquí para cuidarlas.
Me imaginé su cuerpo desnudo
estremeciéndose bajo mis besos.
Dibujándole mi nombre
en cada pliegue.
Reclamando un territorio que nunca ha sido mío.
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